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UN TESORO ESCONDIDO

  • Writer: Francisco Acevedo Hernández
    Francisco Acevedo Hernández
  • Dec 20, 2018
  • 17 min read

Updated: Dec 20, 2018

“El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”. (Mt. 13:44).


EL TESORO ESCONDIDO ES EL PUEBLO DE DIOS: GENTE SANTA.

Ese tesoro escondido es un pueblo santo, es el pueblo de Dios: “Si diereis oído a mi voz, y guardáreis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes (un ministerio que está delante de EL, ministrándole a EL y sólo a EL), y gente santa” (Ex. 19:5-6). Pedro nos recuerda: “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio (“reino de sacerdotes”), nación santa (“gente santa”), pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9).


“EL CAMPO ES EL MUNDO”.

El pueblo de Dios es un tesoro escondido en el mundo. Antes, en el verso 38 de Mateo 13 el Señor dice: “El campo es el mundo”. El pueblo de Dios está en el mundo, pero no es del mundo, y por esta razón está escondido: “No sois del mundo, antes yo os elegí del mundo” (Jn. 15:19). También “tenemos este tesoro en vasos de barro (la carne), para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros… para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2 Cor. 4:7 y 11). De manera que el pueblo de Dios y cada uno de sus miembros está en medio de dos enemigos con los que hay que batallar: el mundo y la carne. “ No sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Sant 4:4). Las aflicciones del mundo atacan permanentemente al pueblo de Dios, pero Jesús dice: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn.16:33). Si Cristo venció al mundo, entonces Él es Señor del mundo y tiene dominio soberano sobre el mundo. En cuanto a la carne, Pablo dice: “Los designios de la carne son enemistad contra Dios… y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios “(Rom. 8: 7-8) y “el deseo de la carne es contra el Espíritu” (Gal. 5:17). Cristo para agradar a Dios rechazó los deseos de su voluntad y así venció a la carne. En el monte de los Olivos Jesús dijo: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). Ahí EL venció a la carne y siguió hacia la cruz “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Heb. 2:14). Vemos pues, que Cristo venció a otros dos enemigos: el diablo y la muerte. Una vez hecha la obra en la cruz, “sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Cor. 15: 54-55). Por tanto, “gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor. 15:57). Así que “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rom. 8:37).


EL TESORO ES UN CUERPO. EL CUERPO ES LA IGLESIA.

El tesoro está escondido así como nosotros estamos escondidos con Cristo en Dios: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3).

En el Antiguo Testamento se anuncia el cuerpo de Cristo (la Iglesia) como un tesoro donde la cabeza (Jesús) es como oro finísimo y los demás miembros del cuerpo (los creyentes) también se definen con imágenes de metales nobles y piedras preciosas, joyas contenidas en el tesoro. En el Cantar de los Cantares, la relación de amor entre Salomón (tipo de Cristo) y la sulamita (tipo de la iglesia), habla de la unión de Cristo y su Iglesia, de la Cabeza con su cuerpo, del Rey con su tesoro. Ante la pregunta ¿cómo es tu amado? (¿Cómo es el cuerpo de la cabeza hasta los pies?), el corazón amante de la sulamita responde describiéndolo como un tesoro desde la cabeza hasta los pies: “Su cabeza (Jesús) es como oro finísimosus manos, como anillos de oro engastado de jacintos, su cuerpo, como claro marfil cubierto de zafiro. Sus piernas, como columnas de mármol fundadas sobre basas de oro fino” (Cantar de los Cantares 5:10-15). Podemos ver aquí el glorioso cuerpo de Cristo revelado como un tesoro, como un precioso tesoro. El salmo 133 también define el cuerpo desde la cabeza hasta los pies y revela lo bueno y delicioso que es habitar los hermanos juntos en el cuerpo de Cristo que es un hombre de muchos miembros, donde el Espíritu (el óleo) que es la vida de Dios (“el Espíritu es el que da vida” – Jn 6:63-), corre por todo el cuerpo: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón (agua, Espíritu) que desciende sobre los montes de Sión; porque allí envía Jehová bendición y vida eterna”: Aquí Aarón es un sacerdote que representa al cuerpo de Cristo como “real sacerdocio”, un ministerio que está delante de El, que le ministra a El y sólo a Él. El Nuevo Testamento revela que siempre fue propósito de Dios mantener a su pueblo unido y reunido, pero su pueblo rechazó el llamado a vivir en unidad bajo la cubierta de Dios. Jesús dice: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! (Mt.23:37). El mismo Señor Jesús, al orar al Padre, le pide que sus discípulos permanezcan en unidad (unidos, en UNO): “Que todos sean uno; como tú Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste… (Jn. 17:21-23). De manera que el deseo y el propósito del Señor es que habitemos juntos, bajo su cubierta porque somos su “especial tesoro”. Cuando encontramos ese tesoro, el cuerpo de Cristo, escondido en el mundo y del mundo, entonces gozosos lo dejamos todo para estar ahí en ese tesoro porque “donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt.6:21).


LA IGLESIA ES JESUS: UN CUERPO DE MUCHOS MIEMBROS.

Pablo (antes llamado Saulo) al perseguir a los discípulos del Señor se constituyó en perseguidor de Jesús, “yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Él le dijo: ¿Quién eres Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 9:3-5). Saulo estaba persiguiendo a los discípulos de Jesús, pero el señor le dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. De manera que los discípulos de Jesús son el mismo Jesús, un cuerpo de muchos miembros definido por el propio Jesucristo ante la pregunta de Saulo (Pablo). Después de su conversión, Saulo pasa automáticamente de perseguidor a perseguido por razón de haberse convertido en miembro del cuerpo de Cristo. Jesús dijo acerca de Pablo: “porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” – por Jesús un cuerpo de muchos miembros – (Hech. 9:16). De manera que Pablo por revelación directa del propio Jesús y por su propia experiencia, pudo ver claramente que la iglesia es el cuerpo de Cristo. Y esta verdad Pablo la ministró muchas veces. En casi todas sus cartas enseña esta verdad revelada: Jesús es un cuerpo de muchos miembros: “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros “(Rom. 12:4-5). Y en otra parte dice: “El pan que compartimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan (Cristo), nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo (el cuerpo de Cristo); pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Cor. 10:16-17). Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Cor. 12:27). De manera que el cuerpo se nos presenta también como un principio de crecimiento, no hay crecimiento si no estamos en un cuerpo, no hay crecimiento espiritual si no estamos en el cuerpo de Cristo: “Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido en sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. (Ef. 4: 15-16). En Colosenses 1:8, Pablo repite: “y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia”.

De manera que estamos en un cuerpo y los miembros del cuerpo no pueden vivir separadamente, ni se mueven separadamente. Cada miembro del cuerpo siempre está en el cuerpo recibiendo la sangre que simboliza la vida, la vida de Dios en Cristo: “y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo (Jesús: un cuerpo de muchos miembros). El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tienen al Hijo de Dios no tiene la vida” (1Jn. 5:11-12)


LA PRIMERA IGLESIA: UN CUERPO DE MUCHOS MIEMBROS.

La Primera Iglesia, descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles, se estableció no como un templo hecho por hombres donde se reunían eventualmente los creyentes a alabar y a adorar a Dios y a orar los unos por los otros, no era una Iglesia con programas religiosos establecidos. La primera iglesia no era una institución con local, con estructura organizativa, con ritos, con programas y actividades religiosas. NO. La primera Iglesia empezó y se estableció como un organismo vivo, con la vida de Cristo, empezó como un cuerpo vivo constituido por muchos miembros, donde cada miembro decide morir a su propia vida particular, a su propio YO, para integrarse al cuerpo, al cuerpo de Cristo, “para que lo mortal sea absorbido por la vida” (2 Cor. 5:4). Esa Iglesia fue una iglesia viva, un organismo vivo, un cuerpo de muchos miembros; muchos miembros que decidieron cumplir el propósito al cual Dios los había llamado: que todos sean uno, perfectos en unidad. Leemos en Hechos: “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partían el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el señor añadía cada día a la iglesia a los que habían de ser salvos” (Hechos 2: 44-47). “y la multitud (un cuerpo de muchos miembros) de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común “(Hech. 4:32). “Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hech. 4:34). Hemos visto que el libro de los hechos registra claramente cómo Vivian los primeros cristianos: juntos en un mismo cuerpo, el cuerpo de Cristo, un cuerpo de muchos miembros. Pasado el tiempo, vinieron falsos profetas, falsos maestros, obreros fraudulentos, “mutiladores del cuerpo” (Fil. 3:2), que entraron encubiertamente al pueblo de Dios y, con enseñanzas falsas, convirtieron un organismo vivo en un organismo muerto, en una organización que llamaron Iglesia, estableciendo ritos, leyes y actos religiosos. En el capítulo 2 de la segunda carta de Pedro y en Judas 3-6 se describen a estos falsos profetas y falsos maestros. Veamos algunos pasajes: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructivas y aun negarán al Señor que los rescató… y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado… (2 Ped. 2: 1-2). “algunos hombres han entrado encubiertamente… hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 4). Pablo ya había advertido sobre las contiendas que producen divisiones. Cristo no está dividido: “Os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones (dos visiones) y tropiezan en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Rom. 16:17). El mismo Jesús aseveró: Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer. Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer” (Mr. 3:24-25).

A través de la historia de la Iglesia vemos que las contiendas, herejías y divisiones, mutilaron el cuerpo de Cristo y disgregaron al pueblo de Dios creando organizaciones religiosas, alejándose del propósito de Dios: “que todos sean uno”, un cuerpo de muchos miembros con una sola cabeza: Jesús. Desde la antigüedad, Dios se proveyó a sí mismo un pueblo santo, unido, para que le ministrase a EL y sólo a EL: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial (especial tesoro), más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros érais el más insignificante de todos los pueblos” (Deut. 7: 6-7). Dios escoge un pueblo insignificante, “el más insignificante de todos los pueblos” y le da la más ALTA SIGNIFICACION HACIENDOLO EL PUEBLO DE DIOS: “Pondré mi morada en medio de vosotros y mi alma no os abominará; y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Lev. 26:11-12). Aunque ese pueblo fue rebelde y de dura cerviz, y se olvidó y se apartó muchas veces del Señor para seguir otros dioses y por ello fue llevado cautivo a otros pueblos, sin embargo, Dios siempre tuvo misericordia y lo rescató de la esclavitud para traerlo a su propósito: Ser “un pueblo de sacerdotes y gente santa” (Ex. 19:6 y 1Ped. 2:9), “el pueblo de su heredad” (Deut. 4:20), “un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra”. (Deut 7:6), un “pueblo santo” y “único” (Deut. 26:18), “de su exclusiva posesión” (Deut. 26:18). Es el mismo pueblo que Jesús llamó para que estuviese con EL: “Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él; y estableció a doce, para que estuviesen con él” (Mr. 3:13-14). Ese es el propósito por el cual Dios el Padre y el Hijo han llamado a un pueblo, a un cuerpo de muchos miembros. Pero, a través del tiempo y de la historia, este cuerpo se ha desintegrado, este pueblo se ha dividido para ir de vida a muerte, de libertad a esclavitud, de un organismo vivo a una organización (Un cuerpo muerto) con programas religiosos, sustitutos de la vida. Pero el señor siempre está rescatando a su pueblo y en estos últimos tiempos, Él está dando a conocer nuevamente el misterio de su voluntad y se propone en sí mismo “reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (Ef. 1:10). En estos ultimo tiempos han aparecido hombres de Dios, profetas y enviados que están tocando la trompeta para anunciar y recordar que la vida de Dios está en un cuerpo de muchos miembros, en un organismo vivo, en un templo vivo, como lo dice Pedro: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1Ped. 2:5). Esa es la iglesia viva a la cual somos llamados, no somos llamados a construir un templo físico sino un templo espiritual porque “el Altísimo no habita en templos hechos de mano” (Hech. 7:48). EL templo donde Dios habita es un cuerpo vivo. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?. El templo de Dios, es cual sois vosotros, santo es” (1Cor. 3:16-17) (2Cor 6:16). Somos templos del Espíritu Santo (1 Cor 6:19).

Por tanto, el llamado nuestro es para ser parte del cuerpo vivo de Cristo, es para vivir en comunión y en comunidad cristiana, junto a otros hermanos para formar el cuerpo de muchos miembros.


LO QUE CUESTA RESPONDER AL LLAMADO

El tesoro tiene precio, por tanto hay que pagar ese precio. Hemos leído que el hombre que encuentra el tesoro, el pueblo de Dios, “va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”, porque allí está su tesoro, allí está su gozo, allí está su lugar definitivo. Para entrar al reino de Dios hay que pagar un precio. Ante el llamado de Jesús a un hombre para entrar al reino de los cielos (al tesoro, al cuerpo de Cristo), éste rechazó el llamado y no fue gozoso a vender lo que tenía, sino que se fue triste porque tenía muchas posesiones. La escritura relata que este hombre era bueno, había guardado los mandamientos, “entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás TESORO en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Véase el relato completo en Marcos 10:17-31). Este joven no quiso pagar el precio por el tesoro y prefirió mantener el precio de sus posesiones materiales y religiosas, manifestando la dificultad que tiene un rico para entrar al reino de los cielos: “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas” (Mr. 10:23), los que confían en su propias riquezas. Pero los que se han decidido por el reino confían en las riquezas que están escondidas en el cuerpo de Cristo, un cuerpo de muchos miembros, a donde el señor nos llama “para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Ef. 2:7), “riquezas de gloria”: Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27). Por esta razón Jesús nos dice: “No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo… porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:19-21).

Hermanos, en esta hora Dios nos está preguntando si ya hemos entrado a la vida corporal, si ya estamos viviendo en su pueblo, si ya hemos entrado en su tesoro; sólo allí en su tesoro estaremos escondidos en el tiempo de la angustia, en aquel día, en el día del Señor: “y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve” (Mal. 3:17), que le sirve en un cuerpo de muchos miembros, en el cuerpo de Cristo.


EL PAGO DEL LLAMADO.

Sabemos que la respuesta positiva al llamado tiene un precio que hay que pagar, pero ¿a cambio de qué?, ¿Qué voy a recibir por mi decisión? “Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí (cuerpo de muchos miembros) y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna” (Mr. 10:28-30). Esos que vendieron todo, que se quedaron sin nada, “ y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apoc. 12:11), para ganar la vida del cuerpo de Cristo, que decidieron ser “Decapitados por la causa del testimonio de Jesús” (Apoc. 20:4) para tener una sola cabeza: Jesús, y que por fe se fueron a comprar el tesoro escondido, a vivir junto a otros hermanos para compartir las riquezas del cuerpo de Cristo, recibirán su galardón y serán bienaventurados: Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre (un hombre de muchos miembros). Gozaos en aquel día. Y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos” (Lc. 6:22-23). Por esta razón Pablo dijo: Pero cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como pérdida por amor a Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él” – en un cuerpo de muchos miembros – (Fil. 3:7-9). Realmente vale la pena perderlo todo para ganar a Cristo.


COSAS Y HUESOS SECOS

La palabra cosa se usa para definir un objeto inanimado, una materia o algo sin vida. Los filósofos definen cosa como aquello que tiene existencia separada de la totalidad del ser. Hueso es la parte aislada de la carne y hueso seco es un fósil, una substancia petrificada, mineralizada y de mucha antigüedad, evidentemente sin vida y sin esperanza de vida.

El pueblo de Israel muchas veces se alejó de Dios, se olvidó de Dios, se separó del cuerpo de Dios, de la vida de Dios, murió para Dios convirtiéndose sus miembros en huesos secos, perdidos en el tiempo, muertos y sin esperanza de regresar a formar parte nuevamente del cuerpo de Dios, de la vida de Dios. Pero Dios, en su misericordia, se acordó del Israel desintegrado, del Israel que ya no está en el Monte Santo sino en un valle convertido en huesos secos, desintegrado totalmente, muerto y separado de la vida de Dios. Pero el Dios de la vida, el Dios del amor y de la misericordia tomó al profeta Ezequiel en Espíritu y lo puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos, de muchísimos huesos secos y le dijo: “Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu y viviréis; y sabréis que yo soy Jehová. Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu. Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza hijo del hombre, y di al espíritu: así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me habían mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo. Me dijo luego: Hijo del hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. He aquí, ellos dicen: Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos. Por tanto, profetiza, y diles; así ha dicho Jehová el Señor: he aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. Y pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová” (Ezq. 37:3-14).

Los miembros del pueblo de Israel estaban muertos, eran cosas y Dios los reunió nuevamente en su espíritu de vida. Y así también, la iglesia del señor ha pasado muchos años muerta, ella decidió morirse y habitar en el sepulcro, decidió desintegrarse como cuerpo vivo de Cristo para convertirse en una organización (cuerpo muerto), en un cementerio de huesos secos, como Israel, sin vida. Pero Dios, en estos últimos tiempos está llamando nuevamente a su pueblo para reunirlos en UNO, en un cuerpo de muchos miembros. Hoy día, Dios está enviando profetas, de la misma manera que envió a Ezequiel, y está avivando y resucitando a su pueblo trayéndolo a ser un cuerpo de muchos miembros vivos y “dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, en el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las COSAS (huesos secos) en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos”. (Ef. 1:9-10). Así que hermanos, Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder· (1 Cor. 6:14), como levantó a su pueblo, a su cuerpo de entre los huesos secos, de entre los muertos, nosotros también seremos, Levantados y reunidos en UNO, en un cuerpo, en un pueblo, porque “el Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Jn. 3:35) para hacer nuevas todas las cosas: “He aquí yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc. 21:5). “Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Ef. 5:14) para que puedas ver claramente donde está el tesoro, comprarlo y ser parte del cuerpo vivo de Dios, del templo vivo de Dios, de un cuerpo de muchos miembros. Así sea.

Francisco Acevedo. Maturín, 06/2015 Venezuela


 
 
 

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