El hombre pecó, cayó y se separó de Dios. No se devaluó, se perdió. Cristo no vino a buscar y salvar lo que se había devaluado sino lo que se había perdido y separado de Dios (el espíritu) por el pecado. Jesús declara su misión: “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19: 10). Y en otra parte dice: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat. 15: 24). Y tanto vale el hombre para Dios que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (la Trinidad) están interesados, comprometidos e involucrados en el rescate del hombre perdido y en su reconciliación con Dios. Es la acción evangelística del Dios Trino y Uno (la Trinidad). En el capítulo 15 del Evangelio de Lucas se narran tres parábolas que exponen el papel de la Trinidad en la redención y rescate del hombre que aunque está perdido, no está devaluado, tiene un gran valor para Dios. La primera parábola de la oveja perdida (Lc. 15: 1…) nos habla de Cristo (el Hijo), el buen pastor que busca la oveja perdida y se goza al encontrarla, se goza por haber encontrado al espíritu del hombre, muerto y separado de Dios por su pecado. La segunda parábola simboliza al Espíritu Santo en una mujer con una lámpara encendida buscando diligentemente una dracma perdida (dracma es una moneda griega antigua de gran valor que representa aquí el espíritu del hombre). La mujer encuentra la dracma perdida (el espíritu humano perdido) e invita al gozo por este hallazgo. La tercera parábola (el hijo pródigo) habla del padre (el Padre) que ve al hijo perdido volver arrepentido: “Lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (Lc. 15: 20). El padre dijo: “Hagamos fiesta, porque este mi hijo, muerto era (espíritu muerto) y ha revivido; se había perdido y es hallado. Y comenzaron a regocijarse” (Lc. 15: 23-24). He ahí, pues, la gran misericordia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo involucrados en la búsqueda y rescate del hombre, separado de Dios por su pecado, pero redimido por el mismo Dios para regresarlo a su lugar de origen: la gloria de Dios. No solamente la Trinidad está involucrada en el evangelismo, también está presente en la actividad pastoral, en la edificación de la casa de Dios (que somos nosotros), en el crecimiento del cuerpo de Cristo (su Iglesia). En la carta a los Hebreos se lee: “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo (el Hijo), el cual mediante el Espíritu eterno (el Espíritu Santo) se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias (almas) de obras muertas para que sirváis al Dios vivo (el Padre) (He. 9: 13-14). Pablo en su saludo a la iglesia en Corinto evidencia la presencia del Dios Trino y Uno (la Trinidad) en el desarrollo de la nueva vida del creyente. Dice: “La gracia del Señor Jesucristo (el Hijo), el amor de Dios (el Padre), y la comunión del Espíritu Santo (el Espíritu Santo) sean con todos vosotros. Amén” (2 Cor. 13: 14). ¡Qué grande, bueno y misericordioso es Dios para con nosotros! Bendiciones. Francisco ACEVEDO. Maturín. Venezuela, agosto del 2018.

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