top of page

Francisco Acevedo

Home: Welcome
Home: Blog2
Search

SANTIDAD

  • Writer: Francisco Acevedo Hernández
    Francisco Acevedo Hernández
  • Dec 20, 2018
  • 6 min read

Updated: Dec 20, 2018

SANTIDAD es un sustantivo o nombre derivado del verbo SANTIFICAR. Y SANTI-FICAR está compuesto de dos palabras latinas: SANTUS que significa SANTO y FACERE –facio- que significa hacer. Por tanto, santificar (SANTI-FICAR) significa HACER SANTO. Entonces, SANTIDAD es el resultado de SANTIFICAR.

En el Nuevo Testamento de la Biblia se habla de santo o santos para señalar aquellos que fueron santificados, hechos santos, por la obra de Jesucristo en la cruz. Es decir, los que fueron lavados, limpiados de sus pecados por la sangre derramada por Jesucristo. De manera que santo es el hombre lavado por la sangre de Cristo y separado para Dios. Cuando uno lava los platos después de comer, no los deja en el agua sucia sino que los separa, los escurre, los seca y los aparta a un lugar, igual hacemos con la ropa sucia. Fuimos lavados del pecado, separados de la carne, del mundo (de la mentalidad del sistema cultural) y de satanás. Ese trabajo solamente lo hizo y lo hace Cristo, más nadie lo puede hacer. ¿Por qué y para qué Jesucristo nos santificó? En la carta a los Hebreos se dice que el propósito de la santidad es ver a Dios: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios” (Heb. 12: 14). O sea, la santidad enfoca nuestra visión hacia Dios y es su voluntad para nosotros: “La voluntad de Dios es vuestra santificación…” (1 Tes. 4:3). También es su llamado: “No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tes. 4: 7).

Santificar (gadash en hebreo y hagiazo en griego) se relaciona con el término santo y expresa: 1) limpiar, lavar, purificar, 2) apartar, sacar de, separar para consagrar (se) a Dios y 3) regenerar, renovar, transformar (metamorfosis) por la acción del Espíritu Santo a la persona que ha sido santificada. Es decir, perfeccionarla. El Espíritu Santo es el encargado de llevarnos hacia una nueva vida (la vida o naturaleza de Dios que ahora mora en nosotros (2 Ped. 1: 3-4). Dios “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3: 5-6). Pablo, al hablar de la vieja vida (viejo hombre Adán, vieja naturaleza) y la nueva vida (hombre nuevo en Cristo,), nos dice: “Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor. 6: 11).

Cuando se habla de santificar a Dios se está hablando de reconocerlo en su santidad: “A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo” (Is. 8: 13). Temor y miedo aquí no es en sentido psicológico, significa reverencia y respeto. En relación a Jacob se dice: “porque verá a sus hijos, obras de mis manos en medio de ellos, que santificarán mi nombre; y santificarán al Santo de Jacob, y temerán al Dios de Israel” (Is. 29:23). “SANTIDAD A JEHOVÁ” se ordena en Zacarías 14: 20. Así se reconoce santo al Dios externo del Antiguo Pacto (Antiguo Testamento), pero ahora en el Nuevo Pacto (Nuevo Testamento), hecha la justificación, santificación y redención por medio de Jesucristo (1 Cor. 1: 30), reconocemos al Dios santo que mora en nosotros por su Espíritu: “Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones” (1 Ped. 3: 15). En el Antiguo Pacto, en el Antiguo Testamento y según la Ley, a Dios se le santifica usando adecuadamente las cosas que él señala: día de reposo (Gen. 2:3), altar (Ex. 29: 37), tabernáculo (Ex. 29: 44) etc., y honrando las personas y pueblo que Él ha elegido (Ex. 28: 41, Ex. 19: 14). El propósito es hacer una purificación ritual mediante ceremonias. Todo el capítulo 1 de Isaías trata la mala conducta, la contaminación del pueblo de Israel, la no-santidad. Dios ordena lavamiento y limpieza: “Lavaos y limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien…” (Is. 1: 16-17).

En el Antiguo Pacto (Antiguo Testamento – Ley), Dios se santifica a sí mismo, santifica su propio nombre al cumplir su propósito ante los pueblos: “Y santificaré mi grande nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos” (Ez. 36: 23). En el Nuevo Pacto (Nuevo Testamento-Gracia), Cristo se santifica a sí mismo para santificar a sus discípulos: “Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Jn. 17: 19). Recordemos que Jesucristo es la Verdad (Jn. 14: 6). Nosotros no nos podemos santificar a nosotros mismos. El hombre pecador no se puede quitar por sí mismo sus pecados. El hombre no se puede salvar a sí mismo. Jesús con su sacrificio nos santificó para siempre: “Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Cristo hecha una vez para siempre” (Heb. 10: 10), y “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10: 14). Y por esta santidad nos hizo ver a Dios (Heb. 12: 14).

Los apóstoles Pablo y Pedro en sus saludos a las iglesias exponen la enseñanza de la santificación en esta línea: Jesucristo por su obra ha santificado a los creyentes. Dice Pablo: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo…” (1 Cor. 1: 2). Pedro saluda así: “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo…” (1 Ped. 1: 2).

La pregunta es: ¿Qué hacemos nosotros con la santidad, con la santificación? Dice Pablo: “limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor. 7: 1). La Palabra de Dios no nos ordena que produzcamos nuestra santidad, nos ordena guardar la santidad dada por el Señor. De manera que el creyente tiene la responsabilidad de guardar la integridad y la santidad: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Cor. 3: 17). Como ya hemos visto, en el Antiguo Pacto, Dios es santo (Salmo 99: 9) o santo es su nombre (Salmo 99: 3) (Salmo 111: 9): Dios perfecto, sin contaminación, sin imperfecciones. La santidad de Dios significa que Él es distinto y trascendente con relación a todo lo creado. No se trata de alguien misterioso, sino de alguien moralmente recto, perfecto en todos sus caminos (Sal. 18: 30 y Sal. 138: 4-6). Es el modelo que Jesús propone a sus discípulos: “Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5: 48), y Jesús es el modelo de perfección que propone Pablo a los creyentes “hasta que todos lleguemos… a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4: 13). El Dios santo se manifiesta en la persona de Jesús, sumo sacerdote, sin contaminación, perfecto, sin pecado: “No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4: 15). En el Antiguo Pacto, Dios separa y congrega un pueblo (Israel) para Él y lo califica santo (Ez. 37: 28). También Dios separa los sacerdote y los llama a su servicio, los cuales deben ser santos, sin contaminación (Lv. 21: 6-8). El pueblo es santo, separado para santificar a Dios en el culto, en la observancia de la ley y en el ejercicio de la justicia y la misericordia. Son los indicadores de santidad en el Antiguo Pacto, indicadores religiosos y éticos, tanto en lo individual como en lo social. Eso en el Antiguo Pacto, para los antiguos. En el Nuevo Pacto, en el Nuevo Testamento, Jesucristo cumplió la voluntad del Padre y con su obra nos santificó.

La Iglesia, el Pueblo de Dios, es la continuidad del pueblo de Israel, pueblo santo. Lo hemos demostrado con citas bíblicas (Jn. 17: 19; 1 Cor. 1: 2). Nos dice Pedro: “Como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 Ped. 2: 5). Los miembros de este pueblo deben consagrar la totalidad de su vida en sacrificio vivo a Dios: “Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional…” (Rom. 12: 1-2).

En resumen, tú no te puedes santificar a ti mismo ni por ti mismo. El ÚNICO que te puede hacer santo es Dios por medio de Jesucristo, que murió por tus pecados y te limpió, te lavó y te separó para Él. Solamente te santificas en Cristo, en más nada ni en más nadie. Sobre los actos religiosos como ayunos, vigilias, penitencias, sacrificios personales, entre otros mandamientos de hombres, dice Pablo: “Tales cosas tienen a la verdad, cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col. 2: 23). Repetimos, sólo Dios en Cristo nos puede santificar “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin manchas delante de él” (Ef. 1: 4).

Saludos.

Francisco ACEVEDO. Maturín, Venezuela. Mayo 2017.


 
 
 

Comments


Piles of Books

Contact

Maturin, Monagas, Venezuela

00584147693783

  • facebook
Home: Contact
  • facebook

©2018 by Francisco Acevedo. Proudly created with Wix.com

bottom of page