El Hombre Es Un Espiritu
- Francisco Acevedo Hernández
- Dec 20, 2018
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“El hombre es un ESPÍRITU (Pneuma) que tiene un ALMA (Psique) y vive en un CUERPO (Soma)”. Esta es una expresión teológica que escuchamos con frecuencia al estudiar la definición de hombre desde el punto de vista bíblico-cristiano. El Apóstol Pablo define al hombre como un ser compuesto de espíritu, alma y cuerpo (1 Tes. 5: 23). Vamos a tratar aquí solamente el tema del espíritu en el hombre, en otro momento y espacio trataremos el tema del alma (Psique) y del cuerpo (Soma). El término espíritu en griego es PNEUMA y en hebreo es RVAKH (También NESHAMAH), términos que expresan aire en movimiento, viento o aliento de vida. Cuando en el libro del Génesis se dice que Dios “se paseaba en el huerto AL AIRE DEL DIA” (Gen. 3: 8), lo que se está diciendo es que Dios se comunicaba con Adán permanentemente en el espíritu, de Espíritu a espíritu, porque “Dios es Espíritu”, según lo define el mismo Cristo (Juan 4: 24). AIRE habla del espíritu y DIA significa LUZ. Recordemos que “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Jn. 1: 5). Y Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8: 12). Pablo aconseja: “Andemos como de día, honestamente…” (Rom. 13: 13). También nos dice: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz” (Ef. 5: 8), es decir, “al aire del día”, en espíritu y luz.
Si “Dios es Espíritu” y creó al hombre “a su imagen” (Gen. 1: 27), entonces la lógica me dice que Dios creó un espíritu al crear al hombre. “Sopló en su nariz aliento de vida” (Gen. 2: 7). “Soplo” tiene que ver con el espíritu y “vida” se refiere a la vida eterna –vida abundante- (Jn. 10: 10). Recordemos que el hombre tiene eternidad en su corazón. El sabio rey Salomón dice que Dios “todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos…” (Ecl. 3: 11). Dios está llamando constantemente al hombre a que regrese a su origen, a Dios mismo. En la Biblia hay imágenes muy hermosas para expresar algunas verdades. En el contexto de la cultura hebrea el término abismo habla de eternidad, algo que no tiene fin. Por eso cuando el salmista dice “un abismo llama a otro” (salm. 42: 7), está diciendo que una eternidad (Dios) llama a otra (la eternidad que está en el corazón del hombre), un Espíritu (Espíritu Santo) llama a otro espíritu (espíritu eterno del hombre) a salvación eterna, a re-unión con Dios, su creador. La obra de reconciliar al hombre con Dios la hizo Cristo: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Cor. 5:18-19). Recordemos que el hombre por su pecado de desobediencia, se separó de Dios.
Por crear el espíritu en el hombre, a Dios se le define como “Padre de los espíritus” (Heb. 12: 9). Job confirma la presencia del espíritu en el hombre: “Ciertamente espíritu hay en el hombre y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” (Job 32: 8), y en otra parte expresa: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33: 4). En el libro de Zacarías también se describe de una manera muy preciosa la creación del espíritu del hombre en el orden cosmológico: “Jehová extiende los cielos y funda la tierra, y forma el espíritu del hombre dentro de él” (Zac. 12:1).
Adán pecó, se separó de Dios, y su espíritu murió, y al mismo tiempo murió el espíritu en todo hombre. “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5: 12). Aquí surge una pregunta: ¿después de la muerte natural, dónde va el espíritu? “El polvo –el cuerpo físico del hombre- vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio” (Ecl. 12: 7).El hombre cuando muere, si se arrepintió y puso su confianza en Cristo, irá al Paraíso o Tercer Cielo (Ref. 2 Cor. 12: 1-4). Fue el lugar prometido por el Señor al ladrón arrepentido: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”(Lc. 23:43). Si el hombre no se arrepintió, si muere sin Cristo como su Salvador, irá al Hades o Seol (infierno). Ese espíritu muerto o separado de Dios, por el pecado de Adán, fue RE-CREADO y acercado nuevamente a Dios (reconciliado) gracias a la justicia hecha por Jesucristo en la cruz del Calvario. Por eso Cristo le dice a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3: 3). Nacer de nuevo significa nacer del Espíritu porque el espíritu del hombre fue el que murió por el pecado, está muerto y necesita re-nacer, resucitar, para poder ver y entrar al reino de Dios. Nicodemo no entiende porque su espíritu está muerto y su alma (su carne) no le da para entender las cosas espirituales (1 Cor. 2:14-16) que “se han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:14). Jesús le dice a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo que el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3: 6-7). El nuevo nacimiento en el Espíritu expresado por Jesús indica que el espíritu del hombre está muerto por el pecado de Adán y necesita re-nacer, nacer de nuevo por el Espíritu, nacer de Dios (1 Jn. 3:9) (1 Jn. 5:18). El Espíritu creó un espíritu en el hombre, pero se perdió, murió por el pecado. Por eso es necesario nacer de nuevo, del Espíritu: resucitar con Cristo. Para ello es necesario arrepentirse del pecado: nacer del agua, entendiendo que agua aquí significa arrepentimiento (bautismo de arrepentimiento). Para nacer de nuevo en el Espíritu, tienes que arrepentirte Nicodemo, “¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?”(Jn. 3: 10). Jesús lo remitió al profeta Ezequiel: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré un corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros…” Allí está profetizado lo que significa nacer del agua (arrepentimiento) y del Espíritu (nacer de Dios).El agua simboliza el DON de Dios que es el mismo Jesucristo: una bendición que Dios derrama desde el cielo para salvación (Is. 55: 10-11) (Is. 32:1-2) (Jn. 4: 10-14): En el diálogo con la mujer samaritana, del pozo natural de agua pasó al pozo espiritual de salvación, enseñanza que también se describe en Juan 6: 35-40. El Señor nos dice que ya estamos limpios, lavados por la Palabra. Lo mismo encontramos en Tito 3: 5 y en Efesios 5: 25-26. En Juan 7: 37-39, el agua simboliza a Cristo que nos limpia y al Espíritu Santo que nos regenera. Si dejamos el agua, nos metemos en un problema (Jer. 2: 13). Es decir, dejamos el Espíritu por la carne; por eso se nos exhorta a mantenernos en el Espíritu (Hebreos 10: 22-23), porque todos bebemos de un mismo Espíritu (Hebreos 12: 13). Recordemos algo más sobre la doctrina de la salvación para apoyar lo que estamos afirmando. En Juan 3:16 se lee: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Es decir, salvación para vida eterna. Sigue la Palabra de Dios afirmando: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3: 17-18). En el Evangelio de Marcos Jesús dice a sus discípulos: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Mr. 16: 15-16). Está muy claro. Usted puede leer otros textos bíblicos relativos a la salvación eterna en Rom.8:1, Rom. 10:9, Ef. 1:6, 1Jn. 5: 13, Hech. 16: 30-31. El Apóstol Pablo dice que el Padre “nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecado” (Col. 1:12-14). Léase también Hechos 26:18. Ya Isaías había profetizado sobre el Mesías, el Cristo, que vendría a traer luz de salvación al pueblo de espíritu muerto, en tinieblas: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Is. 9: 2). De manera que solamente Cristo nos puede llevar a salvación eterna, si creemos en él. Si no creemos en él, permaneceremos en tinieblas, en muerte eterna. Al creer en la obra salvadora de Cristo, nuestro espíritu es vivificado. Ese espíritu vivificado que está dentro de mí, como creyente (espíritu humano) es lo que se entiende por “hombre interior” y cuando se conecta y “se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Cor. 6: 17). Por eso Jesús le da gran importancia al espíritu cuando revela: “Dios es espíritu; y los que adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Jn. 4: 24). Ya no es necesario adorar en un monte, en un lugar específico, en ley, en imágenes, en ídolos, en un estado de ánimo, en ritos y ceremonias, en un templo físico, etc. Es “en espíritu”.
La creación del espíritu en el hombre lo ubica en una dimensión de gran importancia para Dios. El hombre por su caída y separación de Dios, no se devaluó. El hombre sencillamente, por su pecado, se perdió. Cristo no vino a buscar y salvar lo que se había devaluado sino lo que se había perdido y separado de Dios (el espíritu) por el pecado: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat. 15: 24). Y en otra parte dice: “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19: 10). Y tanto vale el hombre para Dios que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están interesados e involucrados en el rescate del hombre y en su reconciliación con Dios. Es la acción evangelística de la Trinidad. En el capítulo 15 del Evangelio de Lucas se narran tres parábolas que exponen el papel de la Trinidad en la redención del hombre, que aunque está perdido, tiene un valor para Dios. La primera parábola de la oveja perdida (Mt. 15: 1…) nos habla de Cristo, el pastor que busca la oveja perdida y se goza al encontrarla, se goza por haber encontrado el espíritu del hombre separado de Dios. La segunda parábola está simbolizando al Espíritu Santo en una mujer con una lámpara encendida buscando con diligencia una dracma perdida (moneda griega antigua de gran valor que representa el espíritu del hombre). La mujer encuentra la dracma perdida (el espíritu humano perdido) e invita al gozo por este encuentro. La tercera parábola (el hijo pródigo) habla del Padre que ve al hijo perdido volver arrepentido: “Lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (Lc. 15: 20). El padre dijo: “Hagamos fiesta, porque este mi hijo, muerto era (espíritu muerto) y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse” (Lc. 15: 23-24). He ahí, pues, la gran misericordia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo involucrados en la búsqueda del espíritu muerto y perdido del hombre, separado de Dios por el pecado, pero rescatado por el mismo Dios para volver a su lugar de origen: LA GLORIA DE DIOS.
Bendiciones.
Francisco ACEVEDO.
Maturín, Febrero, 2018.

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