YO ESTOY A LA PUERTA Y LLAMO
- Francisco Acevedo Hernández
- Dec 20, 2018
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-El Cristo revelado-
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3: 20). Esta palabra la dice el Espíritu a la iglesia de Laodicea en los mensajes a las siete iglesias registrados en el Apocalipsis. Esta cita bíblica es usada muy a menudo por evangelistas para hacer un llamado al arrepentimiento, pero el contexto nos dice que no aplica para el evangelismo. Es un llamado a la iglesia en Laodicea, llamado extensivo a la iglesia universal, a los miembros del Cuerpo de Cristo. El mensaje a la iglesia en Laodicea cierra con estas palabras: “El que tiene oído (oído espiritual), oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apoc. 3: 22). Nótese que Juan usa el término iglesia en plural, no en singular, lo que quiere decir que el mensaje es extensivo a todas las iglesias, a la iglesia universal. ¿Y qué es lo que quiere decir el Señor con este llamado al creyente? El Señor quiere REVELARSE a aquel que oye su voz y abre la puerta de su corazón, de su espíritu vivificado (por la obra salvífica de Cristo) y abre los ojos espirituales para dar entrada al Señor y cenar con él. En la cultura judía se celebra la Cena de Pascua y ciertamente el Señor se está refiriendo a esta cena y quiere revelar su simbolismo, quiere revelarse como se reveló a los discípulos en el camino de Emaús al partir el pan (Lc. 24: 13-35). El verso 16 dice: “los ojos (espirituales) de ellos estaban velados, para que no le conociesen”. En los versos 30 y 31 se lee: “Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos (espirituales), y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista” (natural). O sea, Cristo se les reveló y se fue. Esos discípulos necesitaban revelación para conocerle. Y nosotros también tenemos los ojos velados, pero él los puede abrir y revelarse.
Por orden del rey Antíoco III el Grande (223-187 a.C), de la dinastía seléucida, se trasladaron a Laodicea unas dos mil familias judías venidas del cautiverio de Babilonia, allí los judíos con su inteligencia creativa y su capacidad productiva, trabajaron duramente y pudieron lograr un gran desarrollo económico y social en la región. También allí, en los primeros tiempos del cristianismo se desarrolló una importante congregación cristiana donde predominaban creyentes venidos del judaísmo. Epafras fue uno de los fundadores y ministro de esta iglesia, también atendida por Pablo (Col. 4: 12-16). Como hemos dicho, la iglesia en Laodicea estaba formada principalmente por judíos convertidos. El Señor llama para revelarse y explicar la cena judía, su misterio y significado espiritual a un judío convertido que abre la puerta de su corazón, de su espíritu redimido, vivificado al aceptar a Jesús. Este judío converso necesitaba la revelación de Cristo, como también era el caso de Apolos, ministro del Señor (Hech. 18: 24-28). El Señor quiere entra al corazón de este judío de la iglesia en Laodicea para revelarle el significado espiritual de cada componente de la cena. Le va a decir, entre otras cosas: que la liberación física del pueblo judío significa la liberación espiritual de la esclavitud del pecado (Éxodo 12, Mateo 26 y 27); que el sacrificio del cordero significa el sacrificio que Cristo hizo por la humanidad para liberarla de su pecado y pasarla de la oscuridad a la luz, de muerte a vida eterna; que él -Jesús- es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo como lo anunció Juan el Bautista; que él –Jesús- es el pan de vida (Jn. 6: 35-58); que el vino que se toma en la cena significa la sangre derramada para redimir, para remitir el pecado del hombre, heredado de Adán (“Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” de pecados -Heb. 9: 22-); que las hierbas amargas simbolizan la esclavitud egipcia y la esclavitud del pecado y de todo tipo de esclavitud. Y ciertamente el Señor revela los misterios de Dios a todo aquel que abre su espíritu a su palabra. Él vino a revelar al Padre y a revelarse a sí mismo. “Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las REVELASTE a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera REVELAR” (Mt. 11: 25-27). En otra parte se lee: “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque NO TE LO REVELÓ carne ni sangre, sino (TE LO REVELÓ) mi Padre que está en los cielos” (Mt. 16:16-17). El Padre revela al Hijo y el Hijo revela al Padre: “Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. Y Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Jn. 14:7-10). Podemos observar aquí que Jesús está revelando el Padre en él. Y para recibir revelación de Jesucristo, necesitamos sabiduría. Pablo ora por los efesios “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él” (Ef. 1: 17). Y a los colosenses les dice: “No cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1: 9-10). Y el Apóstol Santiago dice: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Sant. 1:5).
Ya somos salvos porque hemos creído y aceptado la obra que hizo Jesús en la cruz pero el Señor quiere mostrar (revelar) algo más que salvación, él quiere revelar “el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1: 26-27). Ahora, Jesús se te quiere revelar y te dice: “YO ESTOY A LA PUERTA Y LLAMO”.
Francisco ACEVEDO. Maturín, Venezuela. Octubre 2018

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